jueves, 9 de mayo de 1996

No temas, no muerde.

Aquel iba a ser un verano muy duro. Su hermano Eusebio había marchado a un campamento en la montaña y él, a causa de su pierna rota, debía permanecer en casa la mayor parte del tiempo limitando su entretenimiento a cortos paseos por el pueblo, a sus deberes de vacaciones y a la lectura de sus libros y tebeos favoritos. Los otros niños del pueblo, en cambio, correteaban a sus anchas jugando a lo que se les ocurría. Para colmo, no había sido bien recibido y cuando intentó el acercamiento en los primeros días, hasta llegaron a menospreciar su pierna escayolada, llamándole "Pata de palo" y otras lindezas por el estilo.

Su padre, que era naturalista, esto es, un estudioso de la Naturaleza, había recibido el encargo de realizar una investigación en unas tierras cercanas al pueblo donde, al parecer, crecía una planta que sólo aquí había sido vista y de la que se alimentaban unos insectos que también resultaban únicos. Por este motivo, pasaba gran parte de su tiempo en el campo, observando y tomando muestras para su trabajo. Algunas tardes, al volver a casa, donde tenía instalado un pequeño laboratorio, le permitía ayudarle a ordenar las muestras. Eso, y el encargo de cuidar las plantas sembradas en la terraza y de evitar que el gato  entrara en el laboratorio y la emprendiera a zarpazos con los frascos donde residían aquellos mansos escarabajos - como ocurriera la primera semana -, eran las principales ocupaciones del niño.



La actividad de su padre llamaba la atención en el pueblo. Los niños, y algunos mayores, todo hay que decirlo, hablaban extrañados de su actividad de campo y el hecho de que a veces fuera con cajitas llenas de "bichos". Incluso le constaba que en alguna ocasión le habían seguido a hurtadillas hasta el campo para observar su quehacer, admirándose de que pasara tantas horas allí parado, simplemente mirando una planta. Ganóse por ello reputación de raro entre los pueblerinos, fama que se hacía extensible a su hijo. Y, si bien a su padre nadie hubiera osado decírselo a la cara, con él, en cambio, no tenían los mismos reparos.

Una noche le despertó un ruido. La luna casi llena hacía que la habitación se mantuviera relativamente iluminada. Las cortinas del balcón de su cuarto se movían y hasta le pareció ver una sobra. Asustado, su primer impulso fue esconder la cabeza debajo de las sábanas. Pero el creciente miedo le impedía reaccionar y, sin poder moverse, vio cómo por entre las cortinas asomaba lo que le pareció un apezuña. No podía apartar los ojos de aquella horrible visión que se acrecentó con la aparición de otra pezuña más, y siguió un bulto correspondiente al cuerpo y, por fin, toda la figura de aquello, fuese lo que fuese.

Una horrible voz salió de aquel cuerpo: "Soy el demonio que viene a devorarte", rugió.

Ahora podía verlo perfectamente: sobre dos pezuñas se levantaba un cuerpo no demasiado grande pero terrorífico, porque en su cabeza destacaban unos horribles cuernos. Y tenía rabo... No pudo más. Dió un salto que no habría superado ni con las dos piernas sanas y corrió hacia el dormitorio paterno, al otro lado del pasillo, como si en vez de escayola calzara patines. De otro salto se metió en la cama despertando a su ocupante. "¿Qué es? ¿Qué pasa?", preguntó éste medio dormido. "Es horrible, papá", dijo el niño abrazándole tembloroso apretando un abrazo inseparable, "¡He visto al demonio! ¡Está en cuarto!". "¿El demonio?" repitió su padre ya del todo desvelado, "¿Qué demonio?", preguntó como si conociese varios y quisiera asegurarse de a cuál de todos ellos se refería. "¡ ... y quería devorarme!", continuó y soltándose se hundió en lo más profundo del lecho, haciendo inútiles los esfuerzos que hacían por sacarle.

"El diablo y la coqueta", 'Der Ritter von Turm', Augsburgo, 1498

Tras  un instante, su padre encendió la luz, retiró la ropa de cama dejando al descubierto al acurrucado infante a quien intentó convencer de que allí no había nadie y de que seguramente se trataba de una pesadilla, que era absurdo tener miedo y, en fin, le expuso toda una batería de razonamientos con las que comenzó a calmarse, no porque atendiera al contenido, sino porque esa voz firme y segura iba serenando su inquietud. Ya más tranquilo, se acercó a él nuevamente y volvió a abrazarse mirando por encima del cuerpo de su padre hacia las sombras que, al prender la luz, habíanse espesado al otro lado de la puerta que dejara entornada durante la huida. "¡Tú no lo has visto como yo! Está en mi cuarto, no es ninguna pesadilla, te aseguro que estaba bien despierto. Ha entrado por el balcón y me ha dicho que era el demonio y que venía a comerme. Es espantoso, tiene pezuñas y rabo y unos enormes cuernos..."

"Bueno, bueno", contemporizó su padre sorprendido por el realismo con que describía al monstruo, "no te preocupes. ¿Está en tu habitación?, pues vamos a ver qué quiere". "¡No, no!", imploró el hijo mientras su padre comenzaba a levantarse, "¡Yo no voy!". "Como quieras, quédate que enseguida regreso".

Pero la idea de quedarse solo era aún más temible, y antes de que acabara de ponerse en pie, el niño ya estaba levantado agarrándose a su pijama, parapetándose tras el cuerpo protector. "Está bien, voy contigo...", dijo tartamudeando a su espalda.

Salieron al pasillo. El niño marchaba tan junto como podía, sin dejar de realizar rápidos giros de cabeza hacia su espalda, para evitar ser sorprendido por detrás. Allí, junto a un columna, había una escoba seguramente olvidada por la descuidada Eufemia, la mujer que cuidaba de la limpieza de la casa y de las comidas del día. Al pasar junto a ella su padre dijo "Vamos a llevarla, más vale estar bien armados por si la ocasión lo requiere". Si el niño no hubiera estado tan asustado, habría notado que lo decía de broma.

Muy despacio, casi de puntillas, entraron en el dormitorio. El niño sacó la cabeza de detrás de la espalda de su padre con verdadero esfuerzo sin saber qué deseaba más, porque si ya no se encontraba allí la bestia, creería que había sido un sueño, y él estaba convencido de que aquel demonio había sido real y no formaba parte de ninguna pesadilla. Pero, si aún estaba allí...

Y allí estaba, en efecto, al fondo del cuarto, sin ocultarse lo más mínimo, aunque ahora su figura ya no resultaba tan imponente y aterradora. Al verles se movió amenazadoramente y rugió de nuevo "Soy el demonio y vengo a comeros", y emitió un horripilante gruñido que consiguió ponerle la carne de gallina y hacer que volviera a parapetarse tras su progenitor.

Pasaron unos segundos eternos y, al cabo, la voz tranquila de su padre lo llenó todo. Llenó la noche, llenó su ánimo, llegó hasta el monstruo y desplazó su temible presencia hacia lo absurdo: "Vaya, vaya, un demonio. ¡Qué suerte!, con lo que me apetecía estudiar algunos. Veamos. Hum. Sí, sí. Qué curioso. Vaya, vaya" repetía. El niño no salía de su asombro. ¿Estudiarlo?

Como su padre hiciera intento de comenzar a acercarse, el niño, todavía temeroso, estiró de su pijama diciendo a media voz "No te acerques, papá, no vaya a morderte".

"¡Morderme? ¡Oh, no, no te preocupes!" y se giró sacándole de detrás para que viera la demostración que iba a hacerle. "Fíjate bien, Andrés, por atención en lo que te digo. ¿Qué tenemos aquí? Está muy claro: este animal que ahora nos habla no va a comernos, ni a nosotros ni a nadie porque, si te fijas, tiene cuernos y pezuñas, ambos aspectos que definen a los mamíferos que conocemos como rumiantes, es decir, animales herbívoros que practican un tipo especial de digestión a base de plantas, alimentación que requiere un aparato digestivo distinto del de los carnívoros o el de las personas, por ejemplo." Y continuó durante un rato largando una explicación que, en lo esencial, le hizo comprender que aquel animal, fuera lo que fuera, no iba a comerles porque sólo podía comer hierbas.

Y mientras seguía la explicación, recobró su aplomo, porque, además, aquel monstruo que comenzaba de dejar de serlo, no se había abalanzado sobre ellos y hasta parecía que seguía con mucha atención lo que su padre estaba contando.

"Así, pues", finalizó, "y considerando que el pobre animal puede tener hambre, y dado que no tenemos otras hierbas a nuestro alcance uqe estas fibras secas de la escoba, y como muestra de nuestra hospitalidad..." y mientras lo decía, acabó por llegar junto al monstruo, que ya había dejado de serlo, y le propinó tal escobazo que los cuernos y parte de la cabeza salieron despedidos por los aires, dejando a la vista la cara de uno delos muchachos del pueblo y un asombrado grito lo secundaba desde detrás de las cortinas. "¡Un disfraz!", comprendió Andrés. El segundo escobazo alcanzó en la espalda al joven que ahora ponía pies en polvorosa abandonando pezuñas, cuernos, rabo y el resto de su camuflaje, llevándose consigo el mismo terror que un rato antes había transmitido al niño.

Entre carcajadas, Andrés oyó cómo los que aguardaban en la calle al supuesto demonio salían corriendo con éste para ponerse a cubierto.

Pasada la aventura, y tras una visita al cuarto de baño, rechazó la oferta de su padre para volver con él a la cama y regresó a su dormitorio, se metió en su lecho y se quedó dormido con una amplia sonrisa seguro de que en mucho tiempo no volverían a molestarle. Y así ocurrió.

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